La fragilidad del virtuosismo.


La crónica especializada nos recuerda que nuestro deporte preferido, tiene componentes satánicos, por que no hace distinción entre un jugador de dos cifras y un excelente profesional, al momento de alejarse de los patrones psicofísicos, que reglamentan su rendimiento.

La pregunta es: ¿Cuál es la causa que pueda justificar semejante desajuste, llevándolo al extremo de la desorganización mental? El que es experto en estas habilidades y esta sustentado por una trayectoria de éxito que avala su confianza, debiera estar inmunizado de los avatares de la declinación y el fracaso. Pero los hechos rebaten esta conjetura y crea una igualdad casi humillante, entre un jugador de medio pelo y un campeón de gran slam.

“David Duval no ha cambiado. Con un rostro pétreo, la sonrisa a cuentagotas, la mirada escondida detrás de unos lentes espejados y un gesto adusto, extraño para un golfista. Pero su trayectoria en este ultimo tiempo demuestra lo contrario. El rendimiento de este norteamericano de 33 años se convirtió en una gran incógnita. No tiene explicación la caída más estrepitosa de la historia en un jugador profesional de primer nivel.

Hay muchos ejemplos parecidos, pero el de Duval los superó a todos: De ser N° 1 del mundo durante casi cinco meses en 1999, de ganar 13 torneos del PGA Tour hasta 2000, y de alcanzar la cima de su carrera con el Abierto Británico en julio de 2001, pasó casi sin escalas a ocupar el puesto N° 681 del ranking mundial de esta semana, después de fallar el corte en St. Andrews, el viernes último, con vueltas de 88 y 77 golpes”.

La mente de un jugador de golf, se asemeja a una máquina de precisión. Cuando todo trabaja en armonía, el desempeño suele ser óptimo. Cuando alguna de sus funciones se desajusta, la falla se hace inevitable y se traslada al resto de su cuerpo. El resultado, tarde o temprano, repercute en su juego y en los números. Cuando el swing sufre algún desperfecto, el jugador resiente su mejor nivel y en muchos casos no lo recupera jamás.

“Se pueden citar varias experiencias de gloria y ocaso repentino. Johnny Miller, Sandy Lyle, Severiano Ballesteros cayeron en ese desconcertante estado, pero lo hicieron en forma más gradual. Un caso similar al de Duval fue el del australiano Ian Baker-Finch: era uno de los mejores, había logrado dos títulos en el PGA Tour y 15 alrededor del mundo, pero con su triunfo en el Open de 1991 comenzó el derrumbe. Falló 32 cortes consecutivos y desapareció definitivamente de los primeros planos. Hoy es comentarista en la cadena de TV americana ABC.

Duval, que en 2000 firmó un contrato de 30 millones de dólares por cinco años con Nike, no tiene reparos en opinar sobre su problema, y al contrario de la desesperación que han mostrado otros, luce despreocupado. Mientras sus colegas lo observan con algo de tristeza, encubierta para no herir sus sentimientos, él se mantiene optimista: "Hago 80 por vuelta, ¿Y qué? ¿Por qué debería afectar mi vida? Esto es sólo golf y estoy trabajando para ser más competitivo. No estoy jugando bien ahora, pero sé que encontraré una recuperación lentamente y sin desesperarme".

En el caso de Duval, la explicación es más compleja que un simple desajuste de sus golpes. Cuando se consagró en el Open de 2001, en Royal Lytham, todos pensaron en su despegue definitivo. Ganar un torneo de Grand Slam estaba entre sus cuentas pendientes. Terminó 3ero en el ranking de ese año y se lo señalaba como uno de los pocos con capacidad para darle pelea a Tiger Woods. Sin embargo, esa fue su última victoria, y desde allí ni siquiera volvió a acercarse a los primeros lugares. En 2002 se vieron los últimos vestigios de su juego: quedó 4° en el Memorial y 6° en Las Vegas, pero sus lesiones en la espalda, en una muñeca y en un hombro lo afectaron, sobre todo en la parte psicológica. Le diagnosticaron un ataque de vértigo después de un malestar que lo obligó a dejar un torneo. Al mismo tiempo, comenzó a practicar actividades poco compatibles con su profesión: Esquí, snowboard, mountain bike y surf.

Unos años antes se había entregado casi con obsesión al gimnasio y las pesas, aunque no se notó en su juego.

La temporada 2003 marcó su caída libre y al final del año ya no figuraba entre los primeros 200 del mundo. Jugó 20 torneos, sólo superó el corte en cuatro, y su mejor ubicación fue 28° lugar en el Capital Open.

Aquel jugador sólido, potente y talentoso que los argentinos vieron en la Copa del Mundo de 2000, cuando fue fundamental para llevarse la victoria junto a Tiger Woods, ya no es el mismo. El hombre que alguna vez bajó la barrera de los 60 golpes (hizo 59 para ganar el Bob Hope Classic, de 1999), ahora camina continuamente por la cornisa de los 80 -su promedio por recorrido es de 78,62 golpes. La lista de ganancias del circuito norteamericano es otra prueba indiscutible de su decadencia:

En 2001 terminó con más de US$ 2.800.000 de ganancias, en los tres años siguientes ni siquiera llegó a la mitad de esa cifra, y en esta temporada no juntó un solo dólar (jugó 12 torneos y quedó eliminado en todos)”.

Una reflexión debiera acompañar a los grandes y a los no tanto: La excelencia no-solo es fruto de las habilidades, sino de la confianza, la fe y la voluntad, para preservarla de lo que por naturaleza es de una fragilidad extrema.



Volver


   © Copyright www.lawebdegolf.com Página Principal|Boletín|Aviso legal|Privacidad|Soporte Técnico|Contacto|Suscríbete