El enojo.

Es la puerta abierta al desastre y culmina en la impotencia. Existe una secuencia de acontecimientos que se desencadenan como consecuencia, de la imposibilidad para alcanzar un objetivo. Un error reiterado, una aparente falta de suerte, o una torpeza inesperada, pueden llegar a alterar el equilibrio emocional perpetuando un estado francamente emotivo. Sin darnos cuenta comenzamos a sentirnos amenazados, aunque se trate de una interpretación equivocada o exagerada. Sentimos peligrar la autoestima y la dignidad, a sentirnos injustamente tratados, postergados o despreciados. Estos sentimientos negativos suelen actuar como gatillos para disparar la ira, que es ella mas grave de los sentimientos negativos y el más difícil de controlar. Se agrava en la medida que damos rienda suelta al enojo. Si la situación se prolonga, se pierde toda posibilidad de razonar, debido a que hemos caído sin remedio en la jaula de las emociones. Ella está regulada por un área cerebral aislada, (lïngula cerebral) de la que nos permite razonar (neocortex) y comprender el error que estamos cometiendo. De persistir la ínfula emocional nos puede llevar a la violencia descontrolada. Este proceso puede ser interrumpido con solo calmarnos y detenernos a pensar y con ello apartar las vivencias del área cerebral de peligro y trasladarla a la del razonamiento. Cuanto antes se logre este resultado más fácil nos será salir del problema. No obstante quedará una predisposición residual a repetir el ciclo ante el menor signo de amenaza. Se puede tomar conciencia de esta predisposición haciendo prevalecer el juicio crítico sobre el emocional. Existen personas predispuestas a estos descontroles y son aquellas que habitualmente viven sobresaltadas por razones laborales, familiares o económicas. Durante el juego y sin mayores justificativos, comienzan a sentirse ansiosas y sin darse cuenta a enojarse. Aparecen los temores, con sentimientos de pérdida, decae la confianza en el juego, surge el apresuramiento en las decisiones y en el swing, decae la concentración y llegan las tensiones musculares que entorpecen el juego. Esta primitiva manera de reaccionar, ignora que se trata de un juego y nos acondiciona para el ataque. Quedan fuera todas las adquisiciones racionales, para dar paso a la contractura furibunda. El profesionalismo impone reglas de razonamiento ante estos problemas. Sobre el particular nos dice el profesional Rubén Cáceres: "Al ser profesional de golf no tengo derecho a enojarme menos aún si no practico. No puedo enojarme con nadie, ni con nada, con el frío, el calor, la lluvia o el viento. No me puedo enojar contra la cancha. Si hay algún problema, yo soy el causante Si agarro un palo y golpeo bien o mal la pelota, soy el único culpable. El enojo es conmigo mismo y así lo tengo que aceptar y tratar de resolver"

Ante los primeros síntomas y antes que se instale el enojo se impone una prevención:

Primero. Aceptar que el nerviosismo es una reacción normal en el deporte. Se produce por un descontrol en el sistema nervioso autónomo, que aumenta la cantidad de “adrenalina” ante una situación que es interpretada como de emergencia. No hay que pensar que se trata de una incapacidad que puede perpetuarse

Segundo. Concentrarse en el golpe que se quiere realizar sin importar La s sensaciones de inestabilidad emocional. Al mismo comenzar a relajarse, practicando la expiración prolongada unan o mas veces pensando “me estoy tranquilizando”.

Tercero. Acudir a la rutina de pregolpe para ajustar el tiro y confiar en el swing, para que surja espontáneamente casi sorprendiendo al jugador (Me paro atrás de la pelota, pienso donde la quiero la poner y dejo que el swing se haga espontáneamente). Luego se verá la pelota volando hacia el sitio escogido.

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